“Se debe perdonar”, “perdonar es de buenas personas”, “pide perdón”.
Supongo que todos hemos escuchado estas expresiones alguna vez. Yo las recuerdo desde mi más tierna infancia: en la escuela, en la familia…

Entonces parecía que, casi mágicamente, el daño —propio o ajeno— iba a desaparecer. Como si todo pudiera restituirse sin más, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, lo que permanece en mi memoria es un sabor amargo: la amargura que surge cuando hacemos algo sin sentirlo, cuando nuestras palabras no son verdaderas. Qué distinta es la experiencia cuando perdonamos o pedimos perdón acompañados de un sentimiento auténtico.

Es muy diferente alinearse con la bondad, la reconciliación y la verdad, que forzarse a “ser bueno” desde el voluntarismo o la exigencia externa.

Y, aun así, reconocemos el valor del perdón. Reconocemos también nuestra necesidad de perdonar y de ser perdonados, la necesidad de soltar para sentirnos más ligeros. Porque cuando no perdonamos, algo pesa en el corazón: se agria, se enquista, se vuelve rancio. Es una herida que no ha sanado.

¿Cómo nos relacionamos, entonces, con el perdón? ¿Cómo lo entendemos? ¿Qué significa realmente?

La RAE define “perdonar” como remitir una deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa. Etimológicamente, proviene del latín perdonāre, que significa “dar completamente”. En griego, se asocia a aphiemi: soltar, dejar ir. Podríamos decir, entonces, que perdonar es soltar por completo una deuda o una ofensa; retirar del corazón aquello que se está agriando. Es un gesto consciente y generoso. Perdonamos cuando somos capaces de dejar ir… y, en cierto modo, de olvidar en el corazón para restablecer la paz.

Nuestra vida cotidiana está llena de fricciones. A veces se convierten en conflictos: alguien nos daña, nos lastima, o somos nosotros quienes lastimamos a otros. Muchos hemos experimentado que, cuando alcanzamos una comprensión profunda y sentida del otro, de nuestro propio fondo o del fondo de la realidad, podemos descansar en ella. En ese punto, ya no es necesario hablar de perdón: comprensión y perdón se entrelazan, se contienen mutuamente.

La cuestión, para mí, es qué hacer cuando esa comprensión aún no ha llegado. ¿Tiene sentido, en ese caso, proponer el perdón como una posibilidad, como un puente hacia la comprensión?

Imagino el perdón como las piedras o los maderos que colocamos a lo ancho de un río para poder cruzarlo. Gracias a ellos, podemos atravesar el sufrimiento que nos provoca la culpa o el rencor.

Si el perdón se convierte en posibilidad, un puente que deseo cruzar o, al menos, alcanzar, entonces necesito detenerme, mirar y reconocer cómo me siento ante lo sucedido. Ser capaz de nombrar qué es lo que no está bien. Solo entonces, desde un acto de libertad, sintiendo el dolor, y toda la gama de emociones que lo acompañan, y reconociendo mi propia ignorancia, puedo perdonar.

El perdón es una decisión. No necesita ser validada por nadie. No es por el otro, o al menos, no solo por el otro; es un compromiso con uno mismo. Nos permite tender ese puente desde el que podemos habitar de una manera más amplia.

No es una búsqueda de reconciliación, ni de reconocimiento, ni de superioridad moral. Es la necesidad de encontrar un espacio de libertad: un lugar donde respirar lo suficiente y sostener la verticalidad necesaria para seguir profundizando en el sentir, dando cabida no solo al dolor, sino también al amor y a la bondad.

Y es desde ese espacio desde donde la comprensión puede, finalmente, aparecer. No forzada ni exigida, sino acogida cuando esté lista para llegar.

El primer paso para construir este puente: reconocer honestamente lo que siento, sin censura.

¿Cómo seguir?

El segundo paso tiene que ver con este ejercicio de voluntad: quiero perdonar, quiero soltar, quiero sacarme esta astilla del corazón. En ocasiones se trata de un “quiero querer…”.

¿Cómo hago esto? ¿Es suficiente si olvido?

Anteriormente, he señalado el olvido como olvido en el corazón. ¿Qué quiero decir?

Mucha gente dice: “perdono, pero no olvido”. ¿Podemos no olvidar y perdonar? ¿O, si olvidamos, entonces ya perdonamos?

En mi experiencia, hay dos tipos de memoria (o más): la memoria de la mente y la del corazón. Tal vez ya no nos acordemos de la ofensa en nuestra mente, pero sí en nuestro corazón, y eso se refleja en nuestro sentir. No recordamos qué, pero sentimos el peso y el dolor de la herida; ya no recordamos cómo nos la hicimos.

Si olvidamos en el corazón, si soltamos, si nos liberamos, si nos quitamos la astilla, entonces podemos decir que hemos perdonado, aunque recordemos el hecho, porque lo habremos reescrito en nuestra memoria, porque lo habremos integrado y comprendido.

Pero mientras estemos atravesando el puente no hay posibilidad de olvido. El perdón se convierte en un “ir hacia” desde la confianza; en la esperanza de que alcanzaremos el otro lado de la orilla y podremos descansar en una comprensión más amplia.

“Si el hombre cree que es bueno para su bienestar, considerado objetivamente, el olvidar las injurias y daños recibidos, nacerá en él un nuevo y diferente impulso para su obrar; pero mientras estime que esto no tiene importancia, los sermones morales de poco le servirán. En cambio, si sabe que debe olvidar, y que su bienestar depende de ello, estará dispuesto a dar pábulo a ese impulso en forma muy distinta.”

El tercer paso, relacionado con los dos anteriores, es el respeto a la verdad y, por tanto, a nuestro propio ritmo. Como la respiración, hay un ir y un venir: antes de alcanzar la orilla de la comprensión, antes de soltar, vamos y volvemos, avanzamos y retrocedemos, vamos más rápido o más lento.

Por supuesto, siempre podemos hablar de grados de dificultad. Habrá hechos que nos resulten fáciles de perdonar y otros casi imposibles. Cuanto más identificados estemos con lo que nos sucede, cuanto más de nosotros creemos que está en juego, más difícil nos resultará transitar el puente del perdón. También hay hechos que, tal vez, no podamos comprender en el contexto de nuestra vida, cuando nos topamos con un mal gratuito… Aun con todo, si conseguimos persistir en la creación de un puente entre un yo y un tú, si persistimos en confiar en el fondo benéfico de la vida y conectar con el Amor del que participamos todos, el perdón se vuelve una opción real.

Los grados, finalmente, solo existen en un nivel existencial. Como dice Un Curso de Milagros: “no hay grados de dificultad en los milagros”. No existen milagros “pequeños” o “grandes”; todos tienen la misma capacidad para sanar, ya que el amor es un poder absoluto.

El perdón es un acto de conciencia. Una decisión que tomamos guiados por nuestro anhelo de alcanzar la paz. El perdón nos libera de cualquier resentimiento y nos lleva a una profunda transformación.

En mi experiencia, hay dos tipos de memoria (o más) la memoria de la mente y la del corazón. Tal vez ya no nos acordemos de la ofensa en nuestra mente, pero sí en nuestro corazón que se refleja en nuestro sentir. No recordamos qué, pero sentimos el peso y el dolor de la herida, pero ya no recordamos cómo nos la hicimos.

Si olvidamos en el corazón, si soltamos, si nos liberamos, si nos quitamos la astilla entonces podemos decir que hemos perdonado, aunque recordemos el hecho porque lo habremos reescrito en nuestra memoria ya que lo habremos integrado, comprendido.

Pero mientras estemos atravesando el puente no hay posibilidad de olvido. El perdón se convierte en un “ir hacia” desde la confianza; la esperanza de que alcanzaremos el otro lado de la orilla y podremos descansar en una comprensión más amplia.

“Si el hombre cree que es bueno para su bienestar, considerado objetivamente, el olvidar las injurias y daños recibidos, nacerá en él un nuevo y diferente impulso para su obrar; pero mientras estime que esto no tiene importancia, los sermones morales de poco le servirán. En cambio, si sabe que debe olvidar, y que su bienestar depende de él, estará dispuesto a dar pábulo a ese impulso en forma muy distinta. ”Rudolf Steiner, Conferencia sobre el olvido

El tercer paso, relacionado con los dos anteriores: el respeto a la verdad y, por tanto, a nuestro propio ritmo. Como la respiración, hay un ir y un venir, antes de alcanzar la orilla de la comprensión, antes de soltar vamos y volvemos, avanzamos y retrocedemos, vamos más rápido o más lento.

Por supuesto, siempre podemos hablar de grados de dificultad. Habrá hechos que nos resulten fáciles de perdonar y otros casi imposibles. Cuanto más identificados estemos con lo que nos sucede, cuanto más de nosotros creemos que está en juego, más difícil nos resultará transitar el puente del perdón. También hay hechos que, tal vez no podamos comprender en el contexto de nuestra vida, cuando nos topamos con un mal gratuito… aun con todo, si conseguimos persistir en la creación de un puente entre un yo y un tú, si persistimos en confiar en el fondo benéfico de la vida y conectar con el Amor del que participamos todos, el perdón se vuelve una opción real. Los grados, finalmente, solo existen en un nivel existencial. Cómo dice Un Curso de Milagros «no hay grados de dificultad en los milagros» No existen milagros «pequeños» o «grandes»; todos tienen la misma capacidad para sanar, ya que el amor es un poder absoluto.

El perdón es un acto de conciencia. Una decisión que tomamos guiados por nuestro anhelo de alcanzar la paz. El perdón nos libera del resentimiento y nos conduce a una profunda transformación.