Tomó la tormenta que iba con él. No dejaban de caer rayos, de romperse el cielo con el estruendo de los truenos…
Tomo todo lo que iba con él, no dejó nada afuera. Ni el fuerte viento que le sacudía ni el prístino claro de la esperanza ni la atmósfera electrificada, ni el rompimiento de Gloria del domingo pasado.
Tomo todo lo que tenía consigo y le prestó atención, lo dejó ser, lo miró y se vió a sí mismo imbricado con todo.
Tomo su interpretación, la verdad alcanzada en ese preciso momento y la consintió. Como si repasara cada trazo que asomaba a su conciencia dándole el peso de la aceptación y lo contempló. Acompañó al rayo, al trueno, a la esperanza y al susto, no se abandonó en ningún momento. No pretendió estar donde no estaba, ni siquiera lo deseó (solo por un instante, y no dejó de estar consigo deseando no estarlo)
Y de repente, o de a poquito, algo se transformó, él se transformó siendo lo mismo: ya no solo estaba en la tormenta ¿También la estaba viendo!
Fue entonces que empezó a estudiar el clima y hoy es un ilustre meteorólogo
¡Me encanta!