Propongo empezar esta indagación con un ejercicio sencillo de imaginación, una imaginación sentida.

Imaginemos que caminamos por un sendero en el interior de un bosque. Un bosque frondoso y húmedo. La espesura deja filtrar haces de luz que se entremezclan con las sombras. A nuestro alrededor, escuchamos cantos de aves, crujidos de ramas, ruidos de diferentes animalillos que se arrastran, murmullos de voces humanas a lo lejos… sonidos misteriosos.

De pronto, un viento se alza y sopla hacia nosotros… No es frío ni cortante sino cálido y envolvente, con fuerza, pero sin ser violento. Seguimos caminando en su contra, y a cada paso, sentimos que algo se nos cae, algo se desprende al roce con el viento, que lo arrastra como arrastra la tierra bajo nuestros pies. Al principio estamos extrañados… (podemos observar cómo nos sentimos) Prestamos atención ¿qué es lo que cae? Al principio no entendemos… Seguimos observando… Pronto nos damos cuenta de que lo que cae, aquello que estamos dejando ir, son nuestras corazas, nuestras defensas que tanto tiempo nos han acompañado.  El viento de la vida se las lleva.

Nos sentimos más ligeros.

Desnudos.

Abiertos al bosque y a su mundo que es nuestro también.

De la mano del viento, nos damos cuenta de que no hemos puesto resistencia, no hemos luchado por mantener estas defensas. Nos hemos dejado hacer… Estamos listos y nos abrimos, como se abre una flor al cielo. El viento amaina y nosotros caminamos ligeros, a nuestro ritmo, libres de ser…

Ya no solo caminamos por el bosque.

Ahora lo habitamos.

Este es un ejercicio de imaginación, tal vez un poco ingenuo o infantil, pero si nos hemos entregado a él podemos ahora poner atención al momento de desnudez.

¿Qué sensaciones tenemos?

¿Cómo nos sentimos? ¿Cómo sentimos el bosque, el mundo al otro sin esas defensas, sin esas corazas?

¿Aparecen pensamientos? En ese caso ¿Cuál es nuestro diálogo interno?

Permanezcamos un momento ahí. Respiramos y volvemos.

Guardemos nuestras respuestas, al final de la lectura cada uno puedo volver a ellas.

Me gusta la metáfora de la desnudez para hablar sobre la vulnerabilidad. Muchas veces vestimos nuestra desnudez, la tapamos.  Pero, al mundo venimos desnudos, sin enmascaramientos y nos vamos del mismo modo. (Si no conseguimos entregarnos así, sin defensas, el sufrimiento puede invadirnos, o tal vez la inconsciencia…)

 Tras este pequeño ejercicio, me preparo para observarme a mí y a los demás, que son mi espejo. De esta cuidada observación surge la certeza de que, al menos, en la superficie, nadie quiere sentirse vulnerable… Y mucho menos que los demás lo vean. Nos incomoda, nos coloca ante una realidad que no solo no nos gusta, sino que negamos. Y, casi inevitablemente elegimos un personaje para el teatro de la vida que oculte esta condición; elegimos a nuestro “homo invulnerabilus” que aparenta no necesitar a nadie.

¿Cómo entendemos la vulnerabilidad que tanto rechazo nos causa?

La vulnerabilidad queda ligada en su significado a términos como precariedad, debilidad, dependencia, falta de autonomía… Su significado suele tener una lectura negativa y, por supuesto, salimos huyendo. Nadie quiere sentirse así y en el caso de no poder dejar ese sentimiento de lado, en el caso de no poder ensordecernos a esa condición entonces, nos vivimos como víctimas o verdugos (según el extremo escogido). En cualquier caso, perdemos confianza, perdemos pie y perdemos el coraje para vivir. De algún modo, cuando negamos nuestra vulnerabilidad, nos situamos en el mundo desde una conciencia de separatividad (por utilizar los términos de Mónica Cavallé). Nos vivimos separados (hasta de nosotros mismos), aislados, desconectados y desde ahí percibimos e interpretamos la realidad.

Si volvemos a la metáfora del bosque, este puede ser un bosque que habitemos llenos de confianza como los 7 enanitos o puede convertirse en un bosque terrible, lleno de peligros… Al negar la vulnerabilidad nos vemos obligados a falsear nuestra propia realidad. Construimos —en el sentido de fabricar, no de crear— un mundo que nos sujete, que sostenga nuestra fantasía. Un mundo con grietas. Construimos una especie de exoesqueleto anímico.

¿Qué significa realmente ser vulnerable? ¿es efectivamente, como se piensa comúnmente, un estar o ser desvalidos? o, por el contrario, ¿podemos ver ahí (en esa misma vulnerabilidad) una fuerza (aunque suene paradójico)? ¿podría tratarse de una característica o condición de nuestra particular naturaleza que está apuntando hacia una dirección completamente opuesta a la debilidad?

Intentemos responder estas preguntas y adentrarnos un poco más en sus profundidades.

Etimológicamente vulnerabilidad viene de la raíz “vulnus” que significa herido y -abilis que nos indica posibilidad. Desde esta perspectiva vemos que la palabra vulnerabilidad apunta a la posibilidad de ser heridos.

“Posibilidad” indica que algo puede ocurrir (aunque no necesariamente). “Herida” evoca dolor y sufrimiento.

Tal vez por eso la asociamos a fragilidad, impotencia o marginalidad…. Pero, nos pasa desapercibido que una herida puede ser también una puerta a la curación (podemos pensar en una operación, por ejemplo, que a través de una “herida” sana una enfermedad en el cuerpo). Queda resonándome la idea de herida como puerta, como algo que se abre… ¿Y a qué nos abre esta condición de ser vulnerables? Si no me abre necesariamente al dolor ¿qué puede traerme la posibilidad de ser herida?

Me doy cuenta de que esta posibilidad es posibilidad de ser tocada por la vida, por el otro y también por el Espíritu, Dios, Logos como quieras nombrarlo.

Vulnerabilidad apunta a esa apertura en mí que me permite ser alcanzada por la Vida, por el otro, por el Espíritu. Apertura en horizontal, pero también en vertical.

Tanto con la metáfora de la apertura como con la de la desnudez vemos que se trata de un dejarnos ver, de un presentarnos en verdad, sin ocultamientos, sin veladuras. Reconociendo y aceptando lo que hay, lo que se manifiesta. Una verdad sin trampa ni cartón. Reconocernos vulnerables es ser verdaderos, genuinos; mostrarnos en y con lo que hay.

En este sentido, como dice Mónica, aceptar la vulnerabilidad nos permite ser reales. Y la realidad atraviesa toda una gama de colores desde los claros a los oscuros. Del dolor al placer, de la alegría a la tristeza…  Nos tocan los diferentes tonos… somos vulnerables a todos ellos. La vulnerabilidad no es un defecto ni un error que haya que ocultar. No depende de nuestras condiciones sociales (aquí estaríamos hablando de otra cosa). Es un rasgo que nos constituye plenamente como seres humanos, y de él brotan cualidades como el cuidado y la compasión.

Somos seres sintientes, abiertos al mundo, al otro.  La vulnerabilidad, lejos de ser aquello que nos hace débiles es la condición a partir de la que podemos sentir.

Aunque estemos arrojados al mundo (como nos decía Heidegger), ahí en un tiempo y en un lugar, con unas condiciones u otras, hay un suelo que nos sustenta. Podemos sentir como la Vida, en mayúscula, nos sostiene y con esto no quiero decir ni mucho menos que no haya momentos difíciles, momentos de desconexión, momentos de incomprensión… muchos, incluso, pero aun con todo, si nos abrimos, desde esa misma herida, podemos sentir la Vida sustentándonos.  *(un poco más arriba comentaba que fabricamos fantasías que muchas veces tienen grietas; precisamente por esas grietas se cuela a luz, la verdad, la Vida. Porque la Realidad siempre busca un cauce, como el agua, por donde colarse.)

Podemos percibir que somos parte de una totalidad mayor, como decía Romain Rolland, podemos darnos cuenta del sentimiento oceánico, una sensación de unidad y de pertenencia a un todo universal. ¿Cómo sentir esto sin apertura? ¿Cómo sentirlo sin la posibilidad de ser afectados, “heridos”? ¿Podemos sentir, acaso si nos mantenemos rígidos, ocultos tras un muro?

El muro, las corazas con las que algunas veces nos revestimos nos hacen creer en ilusiones, ilusiones de invulnerabilidad, de autosuficiencia, casi que de autocreación…

Si nos negamos la condición de ser vulnerables, nos cerramos, nos encerramos, nos endurecemos. Tal vez, puede parecer que estamos más seguros, pero ¿qué estamos sacrificando? la verdad de nosotros mismos.

No sé si en todo tiempo fue así, pero parece que ahora mostrarse vulnerable es mostrar debilidad y esto, nos da miedo porque como dice el refrán “A perro flaco, todo son pulgas” (a gos flac tot són puces) y no queremos sufrir, nos da miedo. Entonces, la negación se convierte en jaula, nos encerramos en una burbuja, un mundo propio no compartido. Como las burbujas de jabón vamos vagando por el aire; a veces se tocan y siguen direcciones diferentes.  Otras, a tocarse se rompen y desaparecen y en alguna ocasión, al tocarse forman una burbuja aún más grande, crecen. Desde la burbuja parece todo demasiado aleatorio.

Vivimos en una estrecha franja que creemos tener que defender. Rígida. Sin vida.  Sin el calor, sin la calidez que nos la da la conciencia de ser con los demás.

Entonces no podemos reconocernos, no podemos acompañarnos y no podemos cuidarnos ¿Quiénes somos si no reconocemos que somos con el otro?

¿Quién soy si no reconozco mi interdependencia?  En estos tiempos de extrema individualidad, me atrevo a recuperar una idea de Yo, un yo profundo que trae una “individuación” (no separada) con su temperamento, sus cualidades, aptitudes, características y con esa condición de apertura con la que enriquece el mundo y por donde se nutre.

“Ama al prójimo como a ti mismo”, dicen los mandamientos (desde mi Yo a tu Yo) ¿cómo hacerlo si no nos reconocemos? ¿Cómo amarnos si no descansamos en lo real, con nuestros límites y nuestra fragilidad (que no debilidad)? ¿Cómo hacerlo sin sabernos vulnerables?

Solo si nos aceptamos plenamente podemos Ser. Solo desde el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad pueden nuestras cualidades florecer. No florece un rosal encerrado en una caja: el flujo de la vida se corta. Si negamos nuestra vulnerabilidad, cortamos la comunicación con la Vida, con el espíritu y vamos secándonos. Solo en conexión con este flujo podemos ser creativos y dejar nuestro trazo en el mundo. No hay mayor abismo que aquel en el que caemos alejados de nosotros mismos.

El reconocimiento de la vulnerabilidad nos devuelve la posibilidad de felicidad, entendida como un estado de aceptación, de paz y de libertad. No tengo que atrincherarme tras un muro, puedo desplegarme y manifestar mi Yo en el mundo y abrirme al encuentro con los otros. La vulnerabilidad es esa puerta por la que asoma la profundidad de la existencia y el suelo sobre el que crear lazos de cuidado, de solidaridad y compasión. La vulnerabilidad es precisamente lo que nos hace humanos, radicalmente humanos. Ser auténticamente humanos.

Saberme vulnerable abierto me permite “verme” habitando el mundo, el universo y el misterio. La vulnerabilidad me remite a un no saber y poder descansar ahí. Al no intentar comprenderlo todo, abierta a lo que hay y al misterio, puedo vislumbrar lo eterno en el otro.

Es posible que aquí encontremos una de las dificultades para aceptarnos como vulnerables: el descansar en lo que hay, nos invita a confiar y aceptar. Si no podemos hacerlo entonces empezamos a construir nuestros muros (tengan estos la apariencia que tengan se caracterizan por encerrar, ocultar, defender y alejarse de la verdad) En este “no saber”, o más bien en el querer “saber todo”, controlarlo todo, podemos hallar un impedimento a la aceptación de nuestra vulnerabilidad.

Pero no se trata de un todo o nada, blanco o negro. Todo tiene un ritmo: nuestro latido, nuestra respiración…también nuestra existencia. Nos replegamos y nos desplegamos. Nos encerramos y nos abrimos. Salimos y entramos.

Aceptar esto también es sabernos vulnerables y estar con la verdad en nosotros mismos, sin exigencias. Sin las exigencias de ese ideal que queremos alcanzar (no me refiero aquí al horizonte inspirador, a la búsqueda de la excelencia sino a esa meta idealizada que a toda costa queremos alcanzar)

El yo ideal que sitúo en el futuro y el yo carente al que responde el ideal son los dos extremos de un mismo lazo. Uno llama al otro. (Esto me hace pensar en las hermanastras del cuento de La Cenicienta, que sacrifican sus dedos por encajar en el zapato de cristal y casarse con el príncipe.)

Estar en “Una atmósfera de verdad” (en palabras de Mónica) conlleva ser conscientes de nuestro ritmo, nuestros límites, nuestro momento, en definitiva, nuestra vulnerabilidad.

Y digo, nuestra, porque la vulnerabilidad, como ya hemos comentado, es condición de todos por el hecho de ser humanos, de habitar la tierra. Y, en este punto, podríamos pensar en una nueva forma de relacionarnos los unos con los otros. Una interrelación desde la vulnerabilidad. El reconocimiento de esta afectabilidad, de esta apertura, de esta desnudez, puede despertar en nosotros un sentimiento ético que dé lugar a una nueva ética que nos impulse a ver al otro valioso, reconocer también el sufrimiento (y la alegría) y desarrollar la empatía y el cuidado en lugar de relaciones basadas en la separatividad y la violencia.

Reconocer y aceptar la vulnerabilidad despierta en nosotros una responsabilidad hacia la propia vida y la de los demás seres.

Aceptar la vulnerabilidad es el principio de nuestro camino hacia el autoconocimiento. Aceptando esta verdad es cómo podemos alcanzar ese anhelo de serenidad y paz que todos tenemos. Muchas veces pensamos que ser sabios significa acumular conocimientos y experiencias, pero tal vez la sabiduría tenga más que ver con la capacidad de abrirnos sin resistencia a lo que hay, con el coraje de ser, como dice el título del libro de Mónica Cavallé.

¿Cuáles son las consecuencias radicales cuando asumimos sin ambages la vulnerabilidad que nos constituye?

Os invito a leer este bello poema de Quevedo (El reloj  arena)

«Bien sé que soy aliento fugitivo;

ya sé, ya temo, ya también espero

que he de ser polvo, como tú, si muero,

y que soy vidrio, como tú, si vivo.»

¿Cómo cuidar si no reconocemos nuestra vulnerabilidad? ¿cómo cuidar si no reconocemos que somos seres afectables, sintientes?

No somos dioses inmortales. Nuestra existencia en el mundo es finita, y llena de maravillosas vicisitudes. ¿Cómo afrontar esto si no partimos de nuestra condición vulnerable?

Parece que este reconocimiento nos deja sin suelo, pero, bien al contrario, es nuestro suelo, es lo real. Es desde ese suelo incierto desde donde podemos abrirnos al otro, al mundo y a nosotros mismos. Es en ese suelo donde se hunde nuestra raíz. Desde ahí, la vida, aun frágil, crece buscando la luz.